08 diciembre 2008

Ramiro Panilla, impresionante escritura.


Aunque soy nacido en Andalucía, y me siento andaluz, tuve la suerte de aproximarme a lo vasco siempre con cariño y con respeto, desde la amistad, desde la familia incluso, cuñado vasco, mi mejor amigo, vasco. Y un profundo olor a yerba fresca, de las campas llenas de pulgas, de los arenales entre impresionantes pedruscos, y del bonito de la amuma que tomábamos, con café, para desayunar.


Aquella pandilla de Elantxobe, los remolinos de chiquitos en torno a las tres tabernas del pueblo, incluyendo la del puerto, cuesta arriba, cuesta abajo. En la pandilla había, como siempre, aunque cada vez menos, casi sólo hombres; per

o es verdad que ninguno de ellos dijo nunca nada que pudiera parecer despectivo ni de estar mínimamente molesto por la presencia de algunas de las jóvenes que se atrevían a cuestionar el status quo. Como mi hermana, novia de batasuno de la época, es decir, insertado en mediterranismo y soñando siempre con la tierra vasca, pero incapaz ya de encerrarse en el oprobio del nacionalismo provinciano y cavernícola. Incapaces de encerrarse en horizontes estrechos.

Esa mezcla de dulzura y de respeto a la cultura de un pueblo, bella como casi todas, unida a la insidiosa mentira de un pueblo encastrado en mito, siempre víctima, lo que les permite ahora reivindicar el derecho a sentirse diferentes, a quienes la diferencia siempre resulta en obtener algo más paras “los nuestros”, vaya mierda.


Como nadie refleja esa tensión Ramiro Pinilla en Verdes valles, colinas rojas·”; impresionante lección de buena literatura. No sentía el sabor de tan buena escritura desde los desvelamientos de la literatura hispanoamericana: el Vargas Llosa de Los Cachorros, el García Márquez de su obra, toda. Unos amigos comunes me dicen: “Pero ¡cómo va a ser de otra manera, si lleva 40 años escribiéndolos!


Muy buena literatura. Buenísima. Mucha valía humana, mucha capacidad de comprensión, mucho amor, mucha reflexión, y más honestidad. Un cóctel extrañísimo en estos tiempos de teatro lento y continuo cambalache.


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