24 agosto 2007

Alicorta atención a la diversidad


Uno de los grandes retos a los que se ha enfrentado el sistema educativo español (si es que algo de él queda) durante los últimos 10 ó 12 años ha sido el de la atención educativa al alumnado inmigrante, y sobre todo, a las hijas y a los hijos de los inmigrantes.

Aunque con ciertas diferencias entre Comunidades Autónomas, la política general ha funcionado aceptablemente bien. Si alguien lo hubiera planteado, se habría formado la marimorena, pero como lo ha ido imponiendo la realidad de los hechos, primero se tensaron las vidas y culturas escolares, y luego la administración ha ido reaccionando (pocas veces programando) medidas para adelantarse a las circunstancias, más que previsibles en el caso de la inmigración.

En todas las Comunidades se ha actuado medianamente bien, curiosamente en esta área y en la práctica sin grandes diferencias entre las gobernadas por el PP o por el PSOE u otros, pero se pueden destacar Catalunya y Andalucía, no sólo por haber sido punteras, sino porque sus poblaciones absolutas y su tamaño las hacen más difíciles para aplicar políticas educativas que pretendan intervenir ya en el día a día de los centros. Y no ha sido fácil, pero la prueba de lo que digo está en que nuestro sistema educativa ha llegado a escolarizar al 118 %, sí, 118 %, de los alumnos y alumnas, es decir, al 100 % de la población española en edad escolar, y a un 18% más de alumnado proveniente de orígenes y culturas muy diversas sin que explotara la olla. Pero que nadie dude de que ha estado a presión. A mucha presión.

Primero porque es verdad, y el profesorado tiene razón en quejarse de esto, que la sociedad no puede continuar siendo cada vez más consciente de la trascendencia de la educación para todo, pero de forma parcelaria: hoy el tráfico, mañana las drogas, pasado el botellón, y al mismo tiempo desertar descaradamente de las obligaciones sociales compartidas en un mundo intercomunicado hasta la hartura, como el nuestro, donde educa todo, de manera directa o a través de los mass media. Y no puede haber peor muestra de ese descompromiso que la paupérrima asignación de medios y recursos que se le asigna presupuestariamente; seguimos a la cola de Europa, cualquiera sea el color de los gobiernos.

Dos de las políticas educativas puestas en marcha con acierto han sido la promoción de la interculturalidad más a nivel de propuesta educativa de centro y en su convivencia, y el fomento de la atención a la diversidad a un nivel más didáctico, para aplicar en el aula.

Pero uno espera siempre más. Aunque alabable, lo realizado no es más que el respeto por los principios, en concreto por el del derecho a la educación de todos los seres humanos. Está bien, pero hay más.

En concreto, de la interculturalidad, uno espera que a la inmigracion, después de lo que ha hecho por España, se la deje de considerar hipócritamente "problema". Porque no sólo nos están salvando la economía, la seguridad social o las pensiones, sino que están dando a nuestros hijos la oportunidad de ver y sentir el mundo en sus propias aulas, al lado de sus propias casas: un lujo. Al que tradicionalmente hemos alabado con el término "cosmopolita", un adjetivo con resonancias muy positivas, de diversidad cultural. Uno espera que de la interculturalidad nazca una actitud autocrítica hacia la cultura propia (o "proceso de descatetización").


Y en el ámbito de la atención a la diversidad, uno espera que en algún momento los docentes aceptemos con naturalidad que cada alumno es único, diferente e irrepetible y que debe ser tratado como tal, ya que requiere un mínimo de respeto por las capacidades que le son propias en su propio y único camino de aprendizaje.

Por petición de un amigo, he estado revisando en páginas webs de centros educativos qué trabajaban de la atención a la diversidad. En la mayoría, bajo ese apartado se recoge el número de "extranjeros del centro". Y en otros los extranjeros y los niños con discapacidad. Y esa me parece una alicorta visión de la irrenunciable diversidad humana.


22 agosto 2007

Aprender de los hijos

Dice la leyenda que los hijos están para aprender y los padres y madres para enseñar, pero esa ecuación, como casi todas las dicotómicas, es falsa. En realidad, ambos están aprendiendo, cada uno en su grado y, posiblemente (es de esperar), su propio camino.

A alcanzar esta deducción me ayudó, y mucho, una nota que dejó una de mis hijas (aunque lo he preguntado y lo he sabido, mi cabeza no quiere saber cuál) en la puerta del frigorífico:

"Ser amable es ser invencible".

Siempre que cuento esto tengo que reproducir una anécdota muy significativa que ocurrió con una de las enésimas veces que se ha reeditado sobre el frigorífico la frase, que ahí sigue. Llega una amiga de una de las niñas y lee en voz alta: "Ser amable es ser imbécil", y agrega: "Desde luego".


Desde luego, el "desde luego" lo dice todo. Es el imaginario del conocimiento colectivo el que eleva el error de lectura a verdad universal, la persona amable es tan tonta como aquellos a quienes designa el "mal sentido de la palabra bueno" parafraseando al poeta.

Pero hablamos de una conquista: la amabilidad como una opción personal contrastada, consciente y voluntaria. O de la bondad como opción personal. ¡Cómo ha sido posible que se haya marchado esta opción del vocabulario de aprendizaje infantil: "ser buena persona"! Mi madre me lo repitió miles de veces, toda mi infancia, como un valor trascendental; luego vino la realidad.

Pero es ahora, después de la realidad y a su pesar, cuando se construye una persona invencible en su amabilidad.

Cuántas horas me ha dado que pensar la frasecita. Cuando finalmente me atreví a contrastar los frutos de mis devaneos con las autoras: mis hijas, ellas ya sabían, cuando yo vi por primera vez el papelito del frigo, que era ésta, la amabilidad de segundo grado, de la que estaban hablando.

Fue entonces cuando descubrí lo importante que es aprender de los hijos. Tiene relación con aquello de que una persona es respetuosa cuando ha sido respetada, cuando ha podido paladear a qué sabe y cuáles son sus efectos. En la educación, los valores sólo se trasmiten con el ejemplo. Como en la vida.

Lo demás, al saco de la distancia que hay entre lo que se dice y lo que se hace. Al ensayo diario para actuar en el gran e hipócrita teatro del mundo.