16 enero 2007

Vuelvo a Túnez

Y lo hago para reconocer que una de las actividades extraordinarias que te permite viajar con la familia es mantener un contacto mucho más íntimo y normalmente relajado, con un montón de horas juntos que normalmente no tienen lugar, con los hijos y las hijas. Y, por supuesto, con la pareja, con la que normalmente sí tenemos más tiempo de comunicación significativa.

Indudablemente debo reconocer que, como padre, la estrategia que mejor me ha funcionado siempre ha sido hablar, hablar mucho y sin cortapisas. Y ser sincero y honesto en la conversación, y hablar como con un amigo, no desde ningún púlpito. Conforme crecen, más valor hay que echarle a las estrategias.

Pero volvemos al tema de la construcción de valores humanos. Igualmente que afirmo del profesorado (ver "Saber Ser"), que si no se posee un valor no se puede dar, lo afirmo para ejercer la responsabilidad de la paternidad y la maternidad. Los valores no se enseñan a cogotazos ni sólo con palabras (menos aún con las broncosas que generan violencia), sino con el ejemplo. Y atención, porque cuanto más pequeños son, más preguntas e incisivos comentarios te hacen sobre las contradicciones que observan y que les llama inmediata y poderosamente la atención: "Pero, papá, ¿tú no habías dicho que ...?". Terrible, yo me echaba a temblar cada vez. Con los años empiezan a aprender algo que no deberían aprender nunca, que hay una distancia entre lo que se dice y lo que se hace, la mentira y la hipocresía van tomando su lugar. Lamentablemente.

Me gustaría comentar uno de los valores más primario: el respeto. ¿Te has planteado alguna vez que para que tu hijo-a aprenda el respeto tiene que saborearlo? Si no respetamos a nuestros hijos, no podemos pedirles que sean respetuosos. Es casi una verdad de perogrullo. Pero me temo que no está en las metas de la mayoría de los padres y madres. Sólo un hijo respetado aprende el valor del respeto. Lo demás son teorías.

Pero si has hecho tus deberes, con errores, por supuesto, sólo se aprende con errores, qué gratísimo es convivir con los hijos en un ambiente distendido, y con una profundidad comunicativa que pocas veces consigues con seres humanos. Una absoluta delicia.


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