16 septiembre 2006

El último baño del verano


Qué maravilla volver al mar y encontrar su lejano y abierto horizonte. La playa casi solitaria, al atardecer, con un sol rojizo que crea una atmósfera propia en el Estrecho, como de gran fiesta pagana.

Las olas venían corriendo, empujadas por una brisa fresca de Poniente, trastabillándose, a entregar su empuje en la arena de una playa habitada por gaviotas y algunos pescadores. Por cierto que sólo salen algas y un enorme nada más, la rivera está completamente esquilmada.

El agua fresca te acoge, te deslizas, te sientes liviano, recogido, en el seno de una gran madre, lleno de sensaciones de vida. En los próximos meses entrar aquí se hará imposible. Te bordearé sin tocarte, días y días, hasta el próximo verano.

Al salir, te secas para evitar la sal y su breve escozor, maquinando que si no pica procederás a una vieja tradición: esta noche no te duchas, para que el salitre inspire tus sueños, sueños de verano, agasajados por jazmines y dama de noche, de toda mi vida, sueños marineros, familiares, sueños infantiles.


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